¿Cómo será la apariencia del ser humano dentro de 1.000 años?

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Una teoría científica sostiene que la evolución humana se detuvo hace 40.000 o 50.000 años con la aparición de la cultura y la civilización. En dicho momento, nuestra especie el Homo Sapiens habría dejado de adaptarse biológicamente a su entorno y habría comenzado a utilizar su complejo cerebro para superar las presiones selectivas. El postulado, sin embargo, no es correcto.

Sabemos que hace 10.000 años el hombre adulto adquirió una tolerancia a la leche de vaca cuando comenzaron a domesticar ganado. Hace dos siglos, con la Ilustración y la industrialización de las ciudades, nuestra expectativa de vida pasó de 30 años hasta más de 70 años —el promedio actual, según Our World in Data—. Y, hace un siglo, nuestra estatura promedio incrementó casi 10 centímetros.

Los cambios son sutiles frente al espejo, pero allí están, somos el improbable resultado de más de 300.000 años de desarrollo. Hemos cambiado demasiado en un periodo muy corto de tiempo, pero ¿cómo seremos dentro de un milenio o más?

Resulta imposible predecir el futuro; no obstante, los expertos emiten algunas conjeturas en base a los avances tecnológicos y el cambio demográfico actual.

Los cyborgs (hombres-máquina) ya no son personajes propios de la ciencia-ficción. Actualmente, habitan entre nosotros y pugnan por sus propios derechos. En el futuro, puede que su presencia en la sociedad aumente hasta el punto que desdibuje la línea que aún distingue al Homo Sapiens de su tecnología.

Estos individuos serán —o ya lo son— el resultado de que el ser humano reconozca su biología y psicología como entidades obsoletas que necesitan de constantes reparaciones o extensiones, señalan diversos científicos y activistas del transhumanismo, la corriente cultural que aboga por la existencia y los derechos de este grupo híbrido.

Max More un filósofo británico y exponente del transhumanismo, resume el movimiento en estos términos: “Le damos las gracias a la naturaleza por habernos creado, pero nos ha hecho defectuosos. Parece que perdió el interés en nuestra evolución hace unos 100.000 años o, tal vez, ha estado esperando a que demos el siguiente paso nosotros mismos”.

El primer cyborg reconocido en el mundo es Neil Harbisson un artista británico que nació con acromatismo, una enfermedad que lo condena a ver en blanco y negro. Inspirado en las percepciones de los insectos, Harbisson se hizo instalar una antena en su cerebro que le permite escuchar las ondas del espectro cromático con un zumbido característico; en otras palabras, puede escuchar los colores.

Otros intentos de modificar a fondo el ser humano e incorporar tecnología a su anatomía ya están en desarrollo en varios laboratorios del mundo. Quizás el más importante hasta ahora es Neuralink la empresa del magnate sudafricano Elon Musk. Dicha compañía está probando chips cerebrales que permitan a tetrapléjicos caminar, a personas ciegas poder ver y a ciudadanos comunes a conectarse en internet desde sus mentes.

Los científicos también sugieren que el futuro de la especie humana estará determinado por el mayor empleo de CRISPR conocido popularmente como las tijeras genéticas.

Esta herramienta de edición genética, descubierta por Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna —ganadoras del Nobel de Química 2020—, permite editar selectivamente el código de ADN para corregir mutaciones hereditarias no deseadas. Por ejemplo, enfermedades crónicas.

Hasta la fecha, su eficacia ha sido demostrada principalmente en ensayos con animales pero su uso ya se está acercando a la anatomía del ser humano.

Un gran ejemplo es David Bennett, quien este año pudo extender brevemente su vida tras recibir un trasplante de corazón de cerdo que fue editado genéticamente. Aunque el paciente murió a los dos meses a causa de un virus porcino oculto, la comunidad científica asegura que ha sido un paso significativo para la medicina.

Otros usos de las tijeras genéticas buscan modificar poblaciones enteras de animales para volverlos inmunes a ciertas enfermedades.

Claro está que, por su implicancia ética, CRISPR todavía es una tecnología polémica para su aplicación en humanos. Esto se debe a que si en un futuro los padres pueden solicitar que se modifiquen genes de sus bebés para que nazcan sanos, ¿por qué no podrían elegir su color de cabello, piel, ojos, entre otros rasgos?

Con CRISPR entre las manos, el abanico de modificaciones es tan amplio que serán inesperadas.

El aspecto del hombre del futuro también se puede descifrar a partir del flujo migratorio y las tendencias demográficas en el mundo. La información es más reveladora cuando incluso se tiene mapeado el genoma del ser humano casi en un 100%.

El Dr. Jason A. Hodgson, antropólogo, genetista evolutivo y bioinformático de la Universidad de Nueva York, asegura que las áreas urbanas y rurales serán cada vez más diversas genéticamente.

“Toda la migración proviene de las áreas rurales hacia las ciudades, por lo que se obtiene un aumento de la diversidad genética en las ciudades y una disminución en las áreas rurales”, dijo en una entrevista en la BBC.

Hodgson también afirma que, como la población en África se está expandiendo rápidamente, sus genes aumentarán con mayor frecuencia. Sucede lo contrario con los grupos de color de piel más claro.

“Es casi seguro que el color de piel oscuro está aumentando en frecuencia a escala mundial en relación con el color de piel claro”, señala el experto. “Espero que la persona promedio, dentro de varias generaciones, tenga un color de piel más oscuro que ahora”.

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